Por Iván Salcedo.

No lograrán silenciar a una sociedad a través de apagones energéticos e informáticos. La resignación del pueblo ante tanto abuso y desproporción ha llegado a su límite y tal realidad no se elude mediante esas vergonzosas técnicas de distracción. ¡Qué manejos, cuan deplorables son! El pueblo está jarto, anhela un cambio en el accionar estatal y entiende que ya es hora de ser transparentes y austeros en el manejo del presupuesto nacional y suspender la represión hacia los sectores que naturalmente se manifiestan ante tal oprobiosa situación.
El gobierno debe reflexionar. No son tiempos para coartar los empeños de una sociedad consternada por un país mejor. Tal pretensión, guiada por un desproporcionado egoísmo y la intención de perpetuarse en el poder indefinidamente, sólo garantiza la involución de la sociedad en lo sociopolítico, pues suscitaría un aumento de la diáspora de talentos y gente honesta hacia el extranjero y la más penosa de las resignaciones. Ciertamente sería nuestra condenada a una mediocridad imperecedera, una promesa a la pobreza extrema.
De nada vale ir al extranjero y esbozar a la República Dominicana como un país de concordia, que promueve la paz mundial, si se gesta una conspiración en su contra, fruto de un inherente rechazo de sus gobernantes a su gente, la cual está en humilde espera de algo mejor o de ser instruida para prosperar. ¿Para qué engañar a medio mundo? En nuestra tierra no hay paz. Ya muchos vemos justificable lo que sucedió en Honduras y es que no hay respeto por el orden institucional, se quieren imponer modelos desfasados y poco representativos, a la fuerza. No es admirable, en lo absoluto, ver como se profesa una corriente tan atroz del neofascismo en pleno siglo XXI. ¡Sepultemos ya las usanzas del trujillismo y el balaguerismo!
La sublevación de nuestra gente en contra de la corrupción es una incipiente de una revolución social a gran escala. Gobierno Dominicano: ¡Reflexione! Consecuencias vendrían si no se disponen a cambiar su doloso accionar, el cual nos lleva inequívocamente hacia el derrotero de la desdicha. Queremos sosiego socioeconómico, transparencia en los manejos del estado y correcta distribución de las recaudaciones fiscales.















