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Manifiesto Haití Año Cero

Febrero 1, 2010 · Dejar un comentario

Por:  Michele Oriol, Daniel Supplice, Erick Baltasar y Jean-Philippe Belleau -Intelectuales Haitianos- Traducción del francés

-Versión original en francés al final del texto en castellano-

Durante diez días, la prensa internacional estuvo llena de lágrimas y lamentos, de opiniones sobre el terremoto en Haití. Antes que recibir la compasión nos gustaría ser oídos. Nosotros, haitianos intelectuales e investigadores, mientras que nuestras casas y nuestras vidas están en ruinas, tratamos de hacer oír nuestra voz entre el clamor de los periodistas, de los pretendidos “expertos” y funcionarios de terceros países.

Esta es la tarea más importante ahora, dado que el futuro de Haití se decidirá en pocos días y también durante las próximas semanas. Queremos, sin tabúes, evaluar los problemas a los cuales Haití se enfrenta y, especialmente, proponer una nueva forma de reconstruir la Capital y el Estado. Las víctimas y los daños materiales son considerables. Ninguna familia, ninguna calle, ninguna institución se ha salvado.

En cambio, este desastre había sido anunciado. Numerosos científicos, hace alrededor de un año habían advertido de prepararse para un terremoto de al menos una magnitud de 7,2 e incluso se propusieron medidas para reducir costes (Le Matin, 25 de septiembre 2008).

Las autoridades hicieron caso omiso. Ningún estudiante de Haití había aprendido, a diferencia de los escolares de Bouches-du-Rhône, por ejemplo, a ocultarse bajo un despacho o bajo el marco de puerta. El desastre ha dejado a las autoridades perplejas, sin ninguna reacción.

Las carísimas iniciativas financiadas por la comunidad internacional en los últimos años para la prevención y la respuesta ante los desastres naturales, por lo tanto, no han tenido ningún efecto. Los miles de millones de dólares gastados en la construcción de infraestructuras durante quince años han tenido pocos resultados positivos. Más allá del discurso sobre la inevitabilidad de los desastres naturales y de las llamadas a la generosidad, debemos sacar algunas conclusiones de estos quince años de ayuda Internacional masiva, de los esfuerzos realizados tras los huracanes de 2004 y 2008 y de los 600 millones de dólares por año obtenidos de la misión de la ONU en Haití, o de esa ayuda que lega hoy y que será de nuevo tragada por el gigantesco agujero negro de la inercia, de la corrupción y de la incompetencia.

Repetir los mismos proyectos con las mismas ideas y los mismos métodos supondrá un fracaso garantizado. Los errores persistentes no pueden permanecen en la impunidad, ni las responsabilidades nunca asumidas para unos resultados que nunca legarán a obtenerse.

Una ayuda benéfica mal ideada y mal conducida no producirá ninguno de los resultados pretendidos por la generosidad de los extranjeros y la buena voluntad de los haitianos.

Lo que quedaba del Estado haitiano se ha esfumado, con la capital de Haití. La desaparición de los edificios públicos simbólicos del Estado (el Palacio Nacional, el Palacio Legislativo y el palacio de justicia), donde perdimos a amigos, parientes y tantas personas cualificadas… esta es la metáfora. El proceso de destrucción del Estado, comenzó hace ya cincuenta años, y ahora llegó a su fin. Es necesario admitir esta realidad si queremos hoy avanzar.

La población ha podido constatar la total incapacidad de sus gestores para tranquilizar, para ofrecer las primeras respuestas a su confusión y poder coordinar la ayuda Internacional. Un presidente indefenso, asustado y desconectado ha sido incapaz, una vez más, de dirigirse a su pueblo, excepto para quejarse de que él también era ahora una de las personas sin hogar. Ninguno de nosotros, al igual que la mayoría de los haitianos, nos hemos visto sorprendidos por la ausencia de un Estado muerto hace ya mucho tiempo.

En estas condiciones, nadie puede argumentar que todavía hay instituciones nacionales que han sobrevivido al desastre y que son capaces de trabajar con un grado de operatividad normal. Nos tememos que incluso los cargos oficiales de Haití puedan posicionarse para perpetuar su estancia más allá de un período elección representativa que terminará en diciembre, bajo el pretexto de las dificultades en el país y de la “estabilidad política”.

Un primer paso es, sin duda, la creación de un Estado Mayor que sirva de enlace entre la comunidad internacional y la comunidad haitiana, una especie de Comité de salud pública que ayude a los haitianos a restaurar la confianza en los poderes públicos y los ponga a trabajar. Este Estado Mayor estará compuesto a partes iguales por los países donantes más implicados, y por haitianos investidos de una máxima autoridad. Más importante aún, este personal debería estar totalmente integrado, para no tener de un lado a los extranjeros con sus proyectos y del otro a unos ministros mal preparados.

Se termina ya el tiempo en que los gobiernos extranjeros podían ocultarse detrás de la Organización de las Naciones Unidas y de decir “ahí tenéis el dinero, y ahora es vuestro problema”. Desde hace ya seis años, los acuerdos entre un Estado dimisionario que aporta legitimidad y las organizaciones multilaterales, sin visión que aportan dinero y toman las decisiones, han fracasado miserablemente.

La cabeza de este Estado Mayor y el interlocutor con los haitianos no puede ser otro que los Estados Unidos (EE.UU.) o Francia, puesto que durante quince años , el liderazgo de las iniciativas multilaterales emprendidas por los países del Caribe o los latinoamericanos no han funcionado.

Solamente los grandes países que cuentan con el compromiso, la visión y los recursos pueden cumplir con sus obligaciones a largo plazo. Este país ya no puede permitirse el lujo de ser un laboratorio para las ambiciones de las ¨potencias regionales cuyo papel en los últimos años ha sido, por así decirlo, superfluo.

La opinión internacional debe saber que, a los ojos de la gente de Haití, las Naciones Unidas también han quedado desacreditadas, al igual que el Presidente de Haití. Si las Naciones Unidas tienen un crédito ganado en el resto del mundo, hace tiempo que este no es el caso en nuestro país. Los haitianos también tienen derecho a saber por qué los 7000 cascos azules presentes en Haití se mantuvieron en sus bases en los seis días que siguieron al terremoto, 14.000 brazos que permanecieron cruzados sin hacer nada en tanto los saqueadores tomaban la ciudad y las víctimas estaban tratando de salir de entre los escombros. ¿Cómo este hecho -constatado por dos millones de haitianos- no ha sido publicado por nadie? Si la ONU quiere seguir desempeñando un papel en Haití, deberá hacerlo bajo la autoridad de este Estado Mayor.

A continuación, se centrará en la infraestructura y en la Educación, en el marco de este reacondicionamiento del territorio. Si no se llega a constituir este estado Mayor, en diez años más, todos se preguntarán dónde están los miles de millones que se invirtieron.

Sin este Estado Mayor responsable, el pueblo haitiano no podrá recobrar jamás suficiente confianza en sí mismo.

Versión original:

Haïti, Année Zéro

Depuis dix jours déjà, la presse internationale regorge de larmes et d’opinions sur le tremblement de terre en Haïti.  Avant de recevoir de la compassion, nous voulons être entendu.  Nous, intellectuels Haïtiens et chercheurs, alors que nos maisons et nos vies sont en ruines, tentons de faire entendre nos voix par-delà les clameurs des journalistes, des « experts » et officiels de tous pays.  Cela est d’autant plus important que le futur d’Haïti va se décider dans les jours et les semaines qui viennent.  Nous voulons, sans tabous, faire une évaluation des problèmes auxquels Haïti fait face et surtout proposer une voie nouvelle pour reconstruite la capitale et l’Etat.   Les pertes en vies humaines et les dégâts matériels sont considérables.  Aucune famille, aucune rue, aucune institution n’a été épargnée.  Cette catastrophe avait pourtant été annoncée.  Plusieurs scientifiques, il y a un an environ, avaient averti de se préparer pour un tremblement de terre d’une magnitude 7.2 au moins, et avaient proposé des mesures à faible coût financier (Le Matin, 25 septembre 2008).  Les autorités les ont ignorés.  Aucun écolier haïtien n’avait appris, contrairement à ceux des Bouches-du-Rhône, par exemple, à se cacher immédiatement sous son bureau ou sous l’ossature d’une porte.  Le désastre a laissé les autorités absolument sans aucune réaction.  Les très onéreuses initiatives financées par la communauté internationale ces dernières années pour la prévention et les réponses aux désastres naturels n’ont dès lors produit aucun effet.  Les milliards de dollars dépensés pour la construction d’infrastructures depuis quinze ans ont eu peu de résultats positifs. (más…)

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